Era un miércoles cualquiera en el que me encontraba en mi casa, aburrido por las vacaciones de verano y con muchas ganas de salir por ahí a la calle a hacer alguna actividad entretenida.
Para mi suerte (o talvez no), mi papá me llamó desde su oficina. — Milo, quieres irte mañana a Nuquí — dijo él. Realmente no esperaba de mi papá decir algo como eso. Él es un hombre muy organizado que le gusta planear con tiempo las cosas.
— La mamá se consiguió tres tiquetes para irnos de viaje, ¿quieres acompañarnos? — Preguntó directamente mi papá — . Yo, algo consternado, estuve pensando la respuesta todo el día. Pero al final, terminé aceptando ir con ellos para Nuquí. Aunque sinceramente no me sentía emocionado en ese momento, porque sabía que me dirigía a un lugar donde mis miedos cobrarían vida delante de mí.
Fue a la mañana siguiente que empecé a arrepentirme de emprender mi viaje a la selva colombiana con mis padres, pero ya los tiquetes estaban comprados y las maletas empacadas. No había vuelta atrás.
Mientras íbamos en el vuelo en rumbo a Nuquí no dejaba de pensar en cómo iba a pasar mi viaje, si encerrado en una habitación intentando protegerme de los insectos o por primera vez, intentar aventurarme con valentía a desafiar el acecho de la naturaleza.
No fue hasta el momento en que el avión empezó a aterrizar que empecé a ver a través de la ventana la espesa y abundante selva del pacifico colombiano, que aunque por un momento me genero una sensación de paz por saber que la deforestación ambiental no ha acabado con la biodiversidad de esa hermosa región completamente, no pude evitar pensar en los animales que me tocaría ver ahí y que podrían avizorarme para atacar.
Después del aterrizaje, no fue mucho tiempo el que estuvimos mis padres y yo en tierra firme, pues una lancha nos esperaba a unos minutos del aeropuerto para llevarnos a el hotel que nos íbamos a hospedar en Playa Guachalito.
Afortunadamente, no soy miedoso a los viajes rápidos y bruscos de las lanchas, pero si me sentía un poco nervioso de caerme y toparme con algún pescadito o algo peor que nadaba libremente por donde la lancha hacía su recorrido. Pero finalmente llegamos otra vez a tierra firme. Pero un momento… no es el hotel que tenía en mi cabeza, ¿ese hotel está dentro de la selva?
“Al darme cuenta de que incluso en el hotel no estaría a salvo de los animales selváticos, comencé a sobrepensar escenarios en los que me decia a mí mismo, que este viaje me dejaría un trauma severo”.
Al solo entrar a la habitación empecé a intimidarme. Una gran cantidad de lagartijas adultas y bebes estaban merodeando por la habitación en la que dormiría solo. -Como voy a hacer para dormir en esta alcoba llena de lagartijas- me dije interiormente. -Pero bueno, eso será un problema para la noche- me dije para convencerme a mí mismo de que no me preocupara por el momento.
Mis padres decidieron tomar un paseo por la playa antes de que se oscureciera, por lo que decidí acompañarlos, ya que sentía que unas lagartijas y yo no nos llevaríamos muy bien solos.
Mientras íbamos caminando juntos por la playa, yo intentaba mirar el hermoso horizonte del mar, pero mi preocupación por cruzarme con un cangrejito me aterrorizaba tanto que no me dejaba poder ver los hermosos paisajes tan únicos que un chico de ciudad podía haber divisado en el momento.
Mis padres no tenían mucha intención de devolverse para el hotel, pero yo estaba empezando a sentirme algo angustiado ya que el sol estaba escondiéndose, y parecía que por cada paso que dábamos la noche se acercaba cada vez más. — Creo que deberíamos de volver, la marea ya bajo y nos será más fácil caminar por la arena mojada— les dije a mis papas, con intención de volver rápido al hotel antes de que oscureciera. Por lo que decidimos volver para disfrutar de una cena deliciosa que lograría despistar mi ansiedad para luego irnos a dormir con las lagartijas.
Al día siguiente, después de haber estado un poco temeroso por la noche con los pequeños lagartos, nos dirigimos hacía otros hoteles vecinos que estaban por la playa. Mi mamá al ser una vendedora de viajes ya se siente familiarizada con los lugares a los que fuimos, pero mi padre y yo absolutamente no.
La curiosidad no dejaba de atraparme, incluso sabiendo que esos hoteles estaban incluso más adentrados a la selva a comparación del hotel en el que nos hospedábamos nosotros. Y particularmente uno de los hoteles, me hizo sentir diferente al resto. Era un hotel muy peculiar, la administradora del hotel nos hizo un recorrido especial yendo descalzos por un sendero lleno de hormigas cachonas hasta lograr llegar a una hermosa casa del árbol con un camino de agua natural a su lado. Aunque no pude evitar preguntarle a mi padre si me podía llevar cargado por el sendero, realmente fue una experiencia graciosa el caminar entre la maleza natural con gran alteración.
Incluso mientras volvíamos a la zona de registro del hotel, tuvimos que pasar otra vez ese sendero, pero en comparación de la primera vez, ya no sentía tanto miedo por ser picado. Si lo logre una vez, porque no podría la segunda. Pero mi confianza ante la naturaleza no duro mucho. ¡Mi mamá había organizado una excursión adentro de la selva!
¡Noo, ese parchecito yo me lo pierdo! — dije sarcásticamente a mis padres — .
Me vi en la obligación de acompañarlos nuevamente por la playa hasta llegar cerca de una cascada que estaba dentro de la selva. Otra vez me distraía caminando gracias a los cangrejos que salían a la superficie de imprevisto.
Al llegar a cierto punto de la playa, todos nosotros teníamos que adentrarnos un poco a la selva para llegar a una cascada natural. En ese momento, sentí un terror intenso. Entrar profundamente al epicentro de mis miedos, la selva, sin ser influida por ninguna acción humana.
Le dije a mis padres que no quería adentrarme, sobre todo descalzo. Pero lograron convencerme de vivir una experiencia única por primera vez en mi vida.
Con mucho temor decidí aventurarme a ver que podría pasar… si un animal me picaba, me salía una ampolla o si los monos aulladores que se escuchaban desde la playa nos iban a atacar. Pero nada de eso fue lo que vi al adentrarme. Realmente, vi una hermosa cascada natural, que no ha sido tocada por el ser humano.
No pude evitar ver la emoción de mis padres al ver que al fin logre ir con ellos a un entorno rodeado de naturaleza y de animales exóticos, por lo que decidí meterme con ellos adentro de la cascada para bañarnos en esa pura y clara agua de un rio natural.
“Se sentía como soltar algo, una incertidumbre, una carga… un miedo”.
De camino de vuelta al hotel, sin darme cuenta, ya no me preocupaba por los cangrejitos en la arena y los monos aulladores con sonidos raros. Incluso logre dormir mejor al saber que los pequeños lagartos de mi alcoba solo eran devoradores de zancudos que si querían picarme.
El resto de mi viaje no me preocupe de las siguientes aventuras que seguiría viviendo en Nuquí, por lo que no fue un problema en los días siguientes poder caminar por varias horas hacia unas aguas termales y bañarme en un rio puro junto con pececitos.
Cuando regresé a Medellín después de ese viaje, me sentía preparado para volver a viajar a los ecosistemas verdes, sin pensar en los prejuicios que la selva puede traer. Luego de mi experiencia, me sentía preparado para volver a explorar ecosistemas naturales sin dejar que mis prejuicios sobre la selva determinaran lo que estaba dispuesto a experimentar.
“Aquel viaje me enseñó que, a veces, el miedo puede impedirnos disfrutar de aquello que tenemos frente a nosotros. Llegué a Nuquí convencido de que la naturaleza era un lugar del que debía protegerme; me fui descubriendo que también podía ser un lugar en el que encontrar tranquilidad, curiosidad y libertad”.
No sé si dejé atrás todos mis temores, pero sí sé que ya no los veía de la misma manera. Al final, aventurarme al fondo de aquel temor natural significó descubrir que lo desconocido no siempre es una amenaza. A veces, es precisamente aquello que necesitamos conocer para dejar de temerle.
Autor: Juan Camilo Restrepo Jhonson
Mi primer viaje a Nuquí 25/06/2026.
























